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El cerebro envejece, pero...


¡La arruga es bella!
Con la edad, el cerebro envejece. El
sistema nervioso sufre múltiples cambios
que afectan a todos los niveles
funcionales en mayor o menor grado. En
cinemascope, el cerebro se arruga, al microscopio
el cerebro se desforesta. Existe
una pérdida en el número de neuronas y
la red de intercomunicación se desgasta,
se empobrece y queda fuera de uso y
cobertura, pero sigue conectada. El cambio más significativo es que el
cerebro se enlentece, hecho que se objetiva en la actividad motora y
en la capacidad y respuesta sensorial. El sueño se altera, la capacidad
memorística disminuye y las capacidades cognitivas se reducen.
El cambio no es global, sino específico; no es súbito, sino pausado y
progresivo, y no es igual para todos.
Unos envejecen jóvenes; otros, viejos, tienen la frescura de una juven-tud
vital, creativa. Hay viejos jóvenes y jóvenes viejos. Viejos ricos y
viejos avaros. Viejos miopes y viejos galácticos. Viejos enamoradamente
locos y viejos sin amor. Viejos lúcidos y viejos dementes.
Pienso, luego existo, como promulgó Descartes. Conecto, luego existo,
como sabemos ahora. La persona anciana se da cuenta de que no
tiene la misma agilidad mental y rapidez de antes, pero continúa siendo
ella misma, es autónoma, controla su experiencia, exprime sus
vivencias, mantiene el genio y figura que le han sido y le son propios.
Sin embargo, la persona con demencia ya no es la misma, los cambios
que se producen en su cerebro son mucho más agresivos que en el
envejecimiento normal. Las funciones intelectuales se deterioran y su
forma de ser cambia. Se altera su capacidad para programar, decidir
y resolver, se aturrulla y desconcierta. Su lenguaje se torna escaso, parco,
menos fluido. A menudo es difícil hacerse entender y entender a los
demás. Se pierde el hilo de una conversación, de una noticia; el argumento
de un artículo o una novela se vuelve confuso y al instante deja
de tener interés. Se pierden parte de los recuerdos o toda la memoria.
Se escapa la resta y después la suma. Se escribe poco y mal. Uno pierde
la noción del tiempo, se olvida del día, del mes, de dónde está y de
quién es.
La característica que mejor diferencia al anciano sano de la persona
con demencia es su conciencia de la realidad, el darse cuenta de los
cambios y las limitaciones que van apareciendo y adaptarse a la nueva
situación.
Las formas de envejecer son tan variadas como las condiciones en que se envejece y en las condiciones en que se vivió.
La vejez es tan plural como las condiciones en las que se vive y de las que se proviene. Y otro tanto será la demencia.
Sólo de nosotros, de nuestra cultura, de nuestra forma de entender y amar la vida, de nuestros agravios y desagravios, haremos de ella una historia singular.

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